viernes, 24 de marzo de 2017

¿Por qué persigue Graco Ramírez a Mons. Ramón Castro?

Fuente: DLF
En días recientes el Obispo de Cuernavaca, Mons. Ramón Castro Castro, mediante una alerta compartida en redes sociales, denunció que el Gobernador de Morelos, Graco Ramírez, ha arremetido contra la Diócesis a su cargo con toda la fuerza del gobierno estatal, por lo que se activó el hashtag #DondeEstaElObispoEstaLaIglesia, a fin de que los fieles eleven sus oraciones para que merme esta campaña negativa. Sobre los ataques en su contra por parte del gobernador de extracción perredista, habla para Desde la fe Mons. Castro Castro.


El Obispo de Cuernavaca señala que en un reciente entrevista con el periodista Joaquín López Dóriga, Graco Ramírez mintió con toda desfachatez al decir que hace unos meses Mons. Castro había recibido directamente 75 millones de pesos para la restauración de la Catedral.

“Para los arreglos de este recinto, el Gobierno Federal nos otorgó 25 millones de pesos, mismos que se recibieron a través del Municipio de Cuernavaca y son administrados por esta instancia. Graco dijo además que de esos supuestos 75 millones yo extraje una cantidad para construir una cancha de tenis en el Seminario, cuando esta cancha se construyó con muchos esfuerzos de 2014 a 2015. Pero el Gobierno de Morelos envió drones para espiarnos, sacar fotografías y mentir de esa manera tan descarada”.

Asegura que uno de los enojos del gobernador Graco Ramírez es que la Diócesis pidió que esos recursos para la restauración de la Catedral no fueran entregados a través del Gobierno del estado. “Yo lo solicité así porque siempre cobran un moche, se quedan con entre el 30 y el 40 por ciento de los recursos, y mi intención era que todo el dinero fuera utilizado en los trabajos de Catedral, porque es patrimonio cultural de la humanidad y merece que se le dé un tratamiento digno”.

Mons. Castro Castro señala que días antes de esta acusación del gobernador, el Secretario de Gobierno del estado, Matías Quiroz, lo acusó directamente a él de la violencia que pueda darse debido al conflicto que la Diócesis ha venido tratando de resolver con el grupo de personas denominado “Comité de Mayordomos”, quienes el año pasado se apoderaron con violencia del Santuario de Tepalcingo. “No sé si no sepan, pero quienes tienen a su cargo la seguridad del estado son ellos. El gobernador dice que me ha hablado personalmente para que haya paz en Tepalcingo, pero esto también es absolutamente falso, tiene más de un año que no hablo con él”.

Señala que, como falsas son todas esas acusaciones en su contra, falso también es que Morelos esté en calma, como el gobernador pretende hacerlo creer. Morelos es víctima de la inseguridad, de la violencia, de los secuestros, de los descuartizados, de la trata de personas; estamos mal, y no se puede seguir así. Otro de los enojos del gobernador es que recientemente yo convoqué a funcionarios públicos y políticos a una reunión, a la que llamé “Amor a Morelos”, a fin de que recordarles que, según la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes, un verdadero político es el que lucha por el bien común y no por sus intereses personales, el que lucha para favorecer al pueblo y por la justicia. Esta reunión ha causado mucha polémica, pero yo, como Obispo, tengo el deber de iluminar con la ética y la moral las actividades humanas, sobre todo en circunstancias como las que hoy se viven en Morelos”.

El Obispo de Cuernavaca asegura que el gobernador Graco Ramírez quiere actuar a sus anchas, que no haya nadie que lo moleste. “Ninguna persona puede decir lo contrario de lo que él opine, porque inmediatamente es demandada o es perseguida. Yo he sido perseguido, y me han acusado de un robo de una obra de arte en Tepalcingo: aseguran que yo robé una Custodia; pero si ésta existió alguna vez, desapareció hace ocho años, siendo que yo tengo en Cuernavaca tres años y medio. Me acusan también de ser defensor de pedófilos en Campeche, y hay una demanda ya; pero esto también es una total mentira”.


Han lanzado estas dos acusaciones en mi contra –señala–, y ahora le agregan lo de la cancha de tenis. “Por las redes sociales, lo que llamamos aquí ‘gracobots’, están trabajando a marchas aceleradas; son personas pagadas que nos persiguen, que nos insultan de una manera vergonzosa. “El gobierno del señor Graco se ha convertido en una tiranía, de manera que muchísima gente tiene miedo de decir la verdad, porque inmediatamente le inventan cosas. Aquí además está comprado el Poder Judicial, el Poder Legislativo; no hay una autonomía de poderes como tendría que ser, la única palabra válida es la del Gobierno del estado. Basta ya de calumnias, basta ya de engaños; luchemos por la verdad, por la justicia, aunque por ellos seamos perseguidos”, finaliza.

miércoles, 22 de marzo de 2017

ACTUALIDAD. Los vírgenes, la última amenaza de la natalidad en Japón

La búsqueda de los causantes del descenso de la natalidad en Japón se ha convertido en una obsesión nacional y los últimos sospechosos en la lista, según una encuesta oficial, son los hombres y mujeres que avanzan por la vida sin haber probado nunca el sexo. Según el Instituto Nacional de Investigaciones sobre Población y Seguridad Social, organismo que examina tendencias de vida para proyectar políticas sociales, más del 40 por ciento de los japoneses y japonesas entre los 18 y los 34 años son vírgenes.


Los castos nipones no están orgullosos de serlo y casi todos desearían tener una relación, según la encuesta. Los vírgenes se suman a los “herbívoros”, parientes cercanos del metrosexual en su exquisitez para vestir, inteligentes y amables, pero reacios a iniciar cualquier relación personal. La etiqueta fue acuñada en 2006 por la escritora Maki Fukasawa para catalogar hombres con un interés moderado en el sexo y más pasivos que sus antecesores a la hora de buscarlo.

“Con mis amigas nunca se ha planteado (un encuentro sexual) pues valoro mucho su amistad” afirma K.K., un elegante empleado de 32 años calificado por sus amigas de herbívoro y que recuerda su última relación carnal como algo remoto. Quisiera formar una familia para contribuir a la escasez de mano de obra que se avecina pero las condiciones, explica, no terminan de darse.

La evolución del macho nipón hacia patrones de conducta menos agresivos es una constante en los abundantes estudios sobre la crisis demográfica iniciados tras el estallido de la burbuja económica de los años ochenta.
 Preocupado por la previsión de que la población japonesa se reducirá en un tercio en 2060 y para 2100 será de 49 millones de personas, de los 126 millones actuales, el actual primer ministro Shinzo Abe anima a la juventud a formar familia y reproducirse.

Pero la precariedad laboral que desplaza al empleo vitalicio desde finales del siglo pasado y el miedo a un futuro con magras pensiones, reduce en las nuevas generaciones la esperanza de casarse, tener hijos, casa propia y hasta de comprar coche.

Otro colectivo recurrente en los informes sobre la libido menguante es el de los otakus, chicos que canalizan su sexualidad hacia las adolescentes con voz de lactante y pechos enormes que pueblan ciertas películas de anime. Además de compartir con el japonés promedio la fuerte timidez y el carácter empollón, el otaku es presa fácil de la tenaz industria pornográfica local que se jacta de satisfacer cualquier gusto sexual por novedoso que pueda parecer.

En este panorama sufren también las relaciones a corto plazo. M.T., una atractiva empleada de una editorial en Tokio, lleva dos años sin tener un novio o amante y asegura que “mucha gente no quiere ni intenta hablar con los demás. En el metro, el ascensor, en la calle y hasta en los bares, todos miran su móvil”.

La contraparte del fenómeno es que las parejas homosexuales ganan derechos y la mujer sufre menos presión social para casarse. La lucha por la igualdad avanza, muy lenta pero sin pausa, y la independencia económica es una realidad para más mujeres hasta el punto de que muchos analistas anticipan un Japón en manos de “carnívoras” que toman la iniciativa y animan a los hombres a reproducirse.


Sin embargo, M.T., la guapa editora, recomienda cautela y cuenta el caso de una amiga suya recién regresada de México que quiso entablar conversación con un chico en un bar preguntándole sobre la copa que estaba tomando. La respuesta fue: "¿Es esto para una revista o para un programa de televisión?".

martes, 21 de marzo de 2017

Ochenta años de la Encíclica Mit Brennender Sorge

Guillermo Gazanini / Periodista Digital

En tiempos recientes, la Iglesia católica es blanco de dardos críticos y severas acusaciones en relación a su papel y oposición al nacionalsocialismo alemán. Las fuentes de información del gran público se encuentran en películas, debates, libros, conferencias y análisis sesgados cuestionando al papado por la supuesta complicidad y silencio ante el ascenso y crímenes del régimen de Adolfo Hitler.


En 2005, la película “Amén” del director Costa-Gavras, inspirada en la obra de Rolf Hochhuth Der Stellvertreter, El Vicario, sobre el drama de la deportación de los judíos a Auschwitz y el supuesto silencio del Vaticano, fortaleció la leyenda negra del papado cómplice, tímido, timorato, envuelto en boato y oropel que solapó lo que, después de la Segunda Guerra Mundial, se conoció como holocausto y la política de solución final que tuvo su desarrollo máximo hacia enero de 1942. Sin embargo, tales aseveraciones deben tomarse con cuidado, sobre todo por el especial ambiente de linchamiento que involucra a la Iglesia en esa complicidad culpando al Papa Pío XII de servir al régimen nacionalsocialista y sobre quien pesa el supuesto y severo juicio de la historia aunque esta sea producto de la deformación la cual, basada en una mentira, ha llegado a ser supuesta verdad indiscutible para decir que el catolicismo tomó posición absoluta al lado de los sistemas neopaganos.

Los juicios actuales desvían nuestra mirada de importantes antecedentes que el magisterio papal realizó contra los totalitarismos sin dejar de lado la notable oposición del episcopado alemán. Al alzarse con el poder, Adolfo Hitler tendió la mano a la Iglesia con discursos y promesas de paz y, detrás, los ideólogos construían las bases del nuevo cristianismo ario para minar y destruir a la tradición cristiana en Alemania. Antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, una nueva religión rivalizaría a muerte con el catolicismo y las iglesias evangélicas luteranas.

Las voces de alerta se habían difundido especialmente en el episcopado alemán ante el paganismo nacionalsocialista aún antes de hacerse con el poder en 1933. Una persecución subterránea en diversas regiones de Alemania inició contra miembros asociaciones católicas. Los obispos dirigieron cartas pastorales a los fieles a fin de instruirlos sobre los peligros que representaba para la fe la imposición de la doctrina nazi, cuestionaron igualmente las palabras y promesas de acercamiento y respeto hechas por el Canciller del Reich hacia las confesiones cristianas. Desde 1930, Adolf Bertram (1859-1945), Arzobispo de Breslau, había criticado el desprecio propagandístico por la revelación cristiana. Para el Cardenal Bertram, el nacionalsocialismo era un engaño religioso que debería ser combatido con todas las fuerzas.

Sobre los principios de la ideología pangermánica y aria, los nazis trataron de cimentar un nuevo cristianismo para Alemania: el cristianismo positivo de Alfred Rosenberg. En su libro El Mito del Siglo XX afirmó que el catolicismo era el responsable de la corrupción de la identidad alemana, a raíz de la evangelización en tiempos del obispo y mártir San Bonifacio. La doctrina del pecado original y de la humanidad corrompida por el pecado primigenio y de la supuesta redención efectuada por Jesucristo en la cruz eran ilusiones judaicas que deberían ser eliminadas de la cosmovisión en la nueva era nazi porque cristianismo es una amalgama de ideas del mundo grecolatino que rechazó los llamados del instinto, realidad única y profunda del hombre alemán cuya identidad ha descendido a las profundidades del inconsciente para descubrir el misterio de la raza, entrando en una comunión sin igual con todos los miembros de la madre Alemania en una comunidad germánica perfecta, sin la mezcla de razas inferiores que corrompen la pureza de la sangre.

Tales ideas y pensamientos ponían en peligro a la Iglesia de Alemania. Pío XI, Pontífice reinante desde 1922, venía advirtiendo de los peligros del comunismo y regímenes ateos en diversos países del orbe. Al pontífice llegaban constantes reportes del episcopado alemán sobre el estado de persecución y del quebranto a la palabra empeñada cuando la Alemania nacionalsocialista y la Santa Sede habían firmado un Concordato en julio de 1933, sólo algunos meses después del ascenso de Hitler el poder.

Si bien Hitler impulsó la firma del Concordato de 1933, su formalización no era del todo satisfactoria para Pío XI y monseñor Eugenio Pacelli, secretario de Estado desde febrero de 1930 y quien había sido nuncio en Baviera en 1917 y en 1920 para toda Alemania justo a la caída del imperio alemán y en el caos de la República de Weimar. Esta desconfianza tenía una razón obvia, la maquinaria diplomática vaticana no confío en los discursos de acercamiento y tolerancia de Hitler hacia las iglesias. Había informes fidedignos de persecución reportados por los obispos de Alemania y la posición de la Santa Sede era delicada, no haber firmado el Concordato con el Reich habría significado la declaración de guerra contra la Iglesia, la ruptura total.

Las células paramilitares del régimen venían aniquilando a las asociaciones católicas alemanas. En 1936, la ofensiva contra la Iglesia fue mayor y los obispos temían una irremediable ruptura con las instituciones alemanas. Animaron a los fieles a seguir en guardia y confiando en el Señor; el régimen reforzó su campaña contra las órdenes religiosas al iniciar procesos judiciales contra los clérigos acusados falsamente de perversiones y delitos sexuales, la prensa describió a los monasterios y conventos católicos como lugares de vicios y corrupciones morales y la presión crecía para que la Iglesia se viera obligada a clausurar los centros educativos a su encargo.

El estado de cosas en Alemania llegó a tal límite que Pío XI debió expresarse en un pronunciamiento formal con toda la fuerza de su magisterio. A finales de 1936, la frágil salud del Papa le impidió seguir en el ritmo habitual de trabajo viéndose obligado a procurar reposo, no obstante seguía detalladamente la situación imperante en el Reich germánico. Supo del encuentro de Hitler y el Arzobispo de Münich, el cardenal Michael Faulhaber, el 4 de noviembre de 1936, cuando el führer demandó una postura de la Iglesia para involucrarla en una alianza contra el comunismo. Faulhaber tenía presente el estado de persecución sufrida en la Iglesia y manifestó a Hitler la represión hacia las escuelas confesionales, además de las 380 acusaciones contra sacerdotes y religiosos quienes predicaron contra el racismo o el gobierno nazi.

A finales de 1936, el secretario de Estado Pacelli escribió a los obispos alemanes para que al inicio del nuevo año aceptaran la invitación del Santo Padre a visitar Roma e informar detalladamente sobre la situación en Alemania y fijar una línea común para adoptar decisiones oportunas. Pío XI invitó a los cardenales Schulte de Colonia, Faulhaber de Münich y a los obispos Von Galen de Münster y Von Preysin de Berlín; el 16 de enero de 1937, los obispos de la Iglesia alemana tuvieron una reunión con el cardenal Secretario de Estado. Las conclusiones derivaron en el acuerdo común sobre el recrudecimiento de la persecución nazi a la Iglesia, la abierta enemistad del Partido y del gobierno actuando cada vez con mayor desprecio hacia las cláusulas del Concordato. Los prelados estuvieron de acuerdo en una manifestación pública de la Santa Sede al respecto descartando la posibilidad de una carta personal de Pío XI a Hitler por el peligro de desvío o mutilación en su respuesta frente al público.

Así nació la idea de una Encíclica. El 17 de enero, monseñor Pacelli solicitó al cardenal Faulhaber la redacción de las ideas más destacadas a contener en el escrito proyectado. El día 21 entregó el documento con sus últimas correcciones junto con una carta dirigida al Cardenal Pacelli donde explicaba el esquema elaborado en once folios, escritos de puño y letra. El documento pontificio fue firmado el 14 de marzo de 1937 con el título Mit Brennender Sorge (Con Ardiente Preocupación). El domingo de ramos 21 de marzo de 1937, hace 80 años, se leyó en todas las iglesias católicas del Reich y millares de ejemplares se habían distribuido entre el 17 al 21 y literalmente fue una sorpresa. Para los nazis fue un intento criminal de desprestigiar a escala mundial al estado nacionalsocialista aunque el órgano oficial del Partido le había dedicado amplios espacios en varias entregas que, después serían censurados por el ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels. La GESTAPO secuestró cuatro mil de los casi cuarenta mil ejemplares impresos.


La proclamación del Papa Pío XI contra el totalitarismo tiene una importancia histórica trascendental para nuestro siglo. Contra el silencio de la Iglesia o peor aún la supuesta complicidad, la Encíclica Mit Brenneder Sorge fue la denuncia solemne contra el nacionalsocialismo y su proyección hacia el futuro continúa en una crítica formal y permanente hacia movimientos sociales e ideologías contrarias a la dignidad de la persona. La Encíclica trazó la senda del diálogo con el mundo, a fin de extender su defensa por la persona y manifestó que sólo hay libertad para proclamar la Verdad del Evangelio cuando no se pacta ninguna clase de compromisos que le hagan traicionar cada una de sus palabras. Pío XI fue fiel a su vocación convencida de la fe en la Iglesia y aunque el totalitarismo parecía sacudir su integridad, las puertas de infierno no prevalecieron contra Ella. (Mt 16,18). Y en esto tuvo mucho que ver el sucesor del Papa Ratti, cardenal Eugenio Pacelli, quien alguna vez describiría a Hitler como un “hombre completamente poseído”.

viernes, 17 de marzo de 2017

CULTURA: Silencio, refugio del universo interno

Felipe Monroy  / monroyfelipe.wordpress.com

Esta fin de semana la película se presentará en la Sineteca Nacional. Les compartimos esta reflexión del periodista Felipe Monroy.

El ya legendario cineasta neoyorkino Martin Scorsese irrumpió en el 2016 con el filme Silencio, una propuesta radicalmente distinta a lo que trabajo tres años atrás en su multipremiada The Wolf of Wall Street donde plasmó sin cribar todos los excesos del capitalismo. Silencio, basada en el libro homónimo de Shusaku Endo, aborda la experiencia de los sacerdotes misioneros jesuitas en el Japón del siglo XVII.


La inicia cuando dos sacerdotes jesuitas portugueses Rodrigues y Garupe (Andrew Garfield y Adam Driver) son notificados que su formador ha cometido apostasía (negación de la fe) durante la misión evangelizadora que realizaba en comunidades niponas. Los sacerdotes, indignados por el informe, deciden ir ellos mismos a Japón para buscar a su maestro Ferreira (Liam Neeson) quien, además, describe en una desgarradora carta los terribles horrores de la persecución religiosa que padecen los cristianos en esas tierras.

Es de esa manera que estos jóvenes jesuitas se aventuran en una misión que de inmediato comprenden les exigirá los sacrificios máximos. No puede ser de otra manera en esa tierra de salvaje persecución y martirio; en ese ambiente en el que, bajo el silencio con el que un bautizado hace la señal de la cruz en su pecho, no existe sino el temor del mundo y el deseo de la gloria eterna.
En la misión, ambos sacerdotes deberán hacer su camino en medio de los cristianos conversos, en medio de un pueblo que sufre lo indecible mientras el Dios que les desean presentar y que les promete salvación, contempla todo su dolor en silencio. Aquí es donde los sacerdotes se ven obligados a decidir qué tipo de Persona Christi deben ser, qué imagen de Jesucristo querrán ver en ellos reflejada o qué salvación pueden proveer a la grey. Rodrigues y Garupe asumen, cada uno en su contexto, el tipo de misionero que la vida nueva les ha pedido ser: ¿Ser el evangelizador que predica con ocasión y sin ella? ¿Ser ese buen pastor que da su alma y vida por sus ovejas? ¿O seguir las pisadas del sufrimiento de Cristo y padecer, junto a los justos, la causa de la justicia?

Silencio, sin embargo, no es un filme que intenta demostrar el estridente triunfo de los evangelizadores de oriente; por el contrario, insiste en la idea de la imposibilidad de ganar, que aparentemente no hay victorias porque ante el inmenso sufrimiento, Dios permanece en silencio. Es por ello que el filme ha sido fuertemente cuestionado por algunos sacerdotes y obispos católicos quienes reclaman a Scorsese de disfrazar el deleznable pecado de la apostasía y, al mismo tiempo, recomiendan a sus fieles a no ver el filme pues en ella se afecta la imagen y la vocación sacerdotal.
Por el contrario, otros sectores católicos reconocen en Silencio una positiva provocación para reflexionar, desde la debilidad humana, la dificultad de llevar el mensaje de salvación a los corazones que ya se debaten entre la vida y la muerte.


Bertrand Russell escribió en su obra del Conocimiento Humano una reflexión sobre la enunciación de las palabras. Apuntó que la palabra ‘agua’ o la palabra ‘fuego’ pueden significar muchas cosas cuando se encuentran aisladas; dice que requieren de otras palabras (“aquí hay”, “quiero” o “esto es”) para llegar a comprender. ¿Pasará igual con el silencio? ¿Qué gestos en el silencio pueden significar triunfo o derrota, presencia o ausencia, fe o apostasía? ¿Qué márgenes ocultos hay bajo el terrible silencio que significan sacrificios? ¿Qué requerirá ese angustiante silencio de Dios ante el dolor de su pueblo para comprenderlo? ¿Qué símbolo nos desvela ese refugio de universo interno que sigue hablando de Dios en silencio? El filme de Scorsese es una oportunidad para preguntarnos, junto a estos misioneros jesuitas en Japón, si acaso mientras más absoluto parece el silencio de Dios más claramente se escucha su voluntad y se siente con más abandono su amorosa misericordia.