viernes, 28 de julio de 2017

Terrorismo contra la Iglesia Católica

Luis Cárdenas / El Universal

Era el 15 de mayo de hace un par de meses, el padre José Miguel Machorro ofrecía una misa en la Catedral Metropolitana cuando, en plena ceremonia, de la nada, Juan René Silva Martínez, un joven de 26 años de edad, le asestó varias puñaladas que casi terminan con su vida.


El muchacho fue detenido y se acreditó, falsamente, como un ciudadano francés aunque al final resultó mexicano y con padecimientos de sus facultades mentales, desde entonces se encuentra detenido en el Centro Varonil de Readaptación Psicosocial, una institución especial para enfermos mentales con conductas criminales.

En los días previos se habían registrado atentados similares en Europa, siempre bajo la firma del Estado Islámico.

Con todo y el evidente desequilibrio del tipo, que incluso pedía hablar con Peña Nieto, poco se sabe del trasfondo que lo orilló a cometer una agresión de esta naturaleza. ¿Alguna influencia de radicalismo religioso?, ¿trastornos por los videojuegos?, ¿maltrato o abuso familiar?

Sin embargo, éste no es un caso aislado de ataques a la Iglesia, el Centro Católico Multimedial reporta a México como el país más peligroso del mundo para ejercer el sacerdocio, desde 1990 señalan que se han cometido 66 atentados contra miembros de la Iglesia, dejando un saldo de 59 religiosos muertos.

La bomba que estalló la madrugada del martes en la sede de la Conferencia del Episcopado Mexicano ha sido reivindicada por el Comando Feminista Informal de Acción Antiautoritaria como un mensaje de odio a la Iglesia y en vendetta, dicen, por los niños abusados sexualmente a manos de curas pederastas. Este grupo de tendencias anarquistas es el mismo que, en abril, detonó un artefacto similar en la sede de Exxon de la capital, y que en 2015 atacó, de la misma forma, una iglesia ubicada en la avenida Fray Servando.

Hace unos días, el 14 de julio, el jardinero de una iglesia en la Delegación Gustavo A. Madero recogió una caja metálica de galletas con la leyenda “Para la Casa del Señor con todo mi corazón” y, una vez levantada, la caja le explotó en las manos causándole heridas relativamente serias.

Por otro lado, el 3 de julio, hombres armados ingresaron a la Parroquia Llagas de Nuestro Señor Jesucristo en Iztacalco, por una “confusión” estuvieron a punto de asesinar al padre Juan Botello Barrios, aunque el móvil real no queda aún claro.

Sacerdotes de todo el país refieren que constantemente sufren extorsiones del narcotráfico local, aunque también hay sospechas fundadas de algunos casos en donde los mismos religiosos participan brindando cierta protección o favores a los delincuentes a cambio de dinero.

Como sea, resultará muy complicado poder creer que los últimos ataques a la Iglesia, incluídos los 18 sacerdotes asesinados en el sexenio, son simplemente “hechos aislados”, como si algo nos faltara además del narco, parece que los grupos con tendencia anarco-terrorista están creciendo con gran fuerza en el país.


Empiezan con bombitas... ¿y luego?

jueves, 27 de julio de 2017

La Iglesia Anglicana se dirige hacia su extinción

Editorial / Infocatólica

El relativismo moral ha sido el disolvente más corrosivo para la Iglesia Anglicana, que ha perdido la mitad de sus fieles en las últimas tres décadas. La puntilla está siendo la Ideología de Género: cuanto más "sale" del armario menos fieles tiene. Significativamente muchos de ellos se hacen católicos.


Y es que, cuanto más hace el anglicanismo por adaptarse al mundo y a lo políticamente correcto, más fieles pierde. A más relativismo, menos seguidores. Y el colmo es la Ideología de Género.

Lo único para lo que ha servido la ordenación de "obispas" o los servicios para transexuales ha sido para que muchos fieles cojan la puerta… En 30 años ha perdido la mitad de sus seguidores la Iglesia fundada en el siglo XVI por el impúdico Enrique VIII. Y el goteo continúa…

Sin embargo, la jerarquía anglicana ha instado al Gobierno del Reino Unido a prohibir las terapias que algunas personas reclaman para modificar sus atracciones homosexuales no deseadas.

Los líderes anglicanos consideran que "no tiene lugar en el mundo moderno" que una persona, de forma voluntaria, busque ayuda profesional para dejar de ser homosexual.

El arzobispo anglicano de York, John Sentamu, se ha manifestado de manera indubitada a favor de la prohibición: "cuando antes sea prohibida esta práctica, antes podré conciliar el sueño".

Por su parte, el obispo de Liverpool, Paul Bayes, ha asegurado que la orientación LGTBI no es un crimen o un pecado. "No necesitamos llevar a la gente a una terapia reparadora si no está enferma".

La propuesta fue finalmente aprobada por 298 votos a favor, 74 en contra y 26 abstenciones provenientes de los tres "estados" del sínodo de la Iglesia de Inglaterra formados por los obispos, los clérigos y los laicos.

Servicios religiosos especiales para transexuales
El sínodo general de la Iglesia de Inglaterra también ha instado por una holgada mayoría de 284 votos a 78 a los obispos para que desarrollen servicios religiosos específicos para las personas transexuales.

La propuesta habla de elaborar "materiales litúrgicos" que puedan ser utilizados para "reafirmar su largo, angustioso y usualmente complejo proceso de transición".

Según reporta el rotativo The Guardian, en los 75 minutos que se debatió la cuestión, ninguno de los presentes expresó la idea de que el sexo viene determinado por la biología.

Antecedentes
Pero lejos de atenuar el éxodo de fieles, la Ideología de Género lo acentúa. Y es que la Iglesia anglicana lleva varias décadas tomando decisiones que chocan con la tradición cristiana general y que cada vez parecen más alineadas por los preceptos del relativismo.

Así, desde 1994 permite que las mujeres ejerzan como sacerdotisas, desde 2000 que los divorciados contraigan nuevas nupcias religiosas y desde 2004 que las sacerdotisas ejerzan el cargo de "obispas".

El 2003, sus hermanos episcopalianos de los Estados Unidos, ordenaron al primer obispo abiertamente homosexual de la comunión anglicana.

Éxodo al Catolicismo
Resulta significativo que una parte considerable de los anglicanos que abandona esa Iglesia vuelvan a Roma. No fue pequeño el número de comunidades anglicanas que en el año 2004 pidieron la plena comunión con la Iglesia católica romana: representaban a unos 400.000 fieles.

Aquella petición se hizo realidad a través de los llamados ordinariatos anglocatólicos que se formalizaron con la constitución apostólica Anglicanorum Coetibus de Benedicto XVI.

A una generación de la extinción
Quien fuera arzobispo de Canterbury entre 1991 y 2002, Lord Carey, ya advirtió en 2015 que "la Iglesia de Inglaterra se encuentra a solo una generación de la extinción".


En 1983, había en el Reino Unido 16,5 millones de anglicanos. Esa cifra se ha reducido a la mitad en apenas 30 años y la asistencia semanal a sus servicios religiosos ha caído por debajo del millón de personas, alrededor del 1,4% de la población.

miércoles, 26 de julio de 2017

Una humilde lección de estilo del cardenal Sarah

Sandro Magister / L’Espresso

Desde el 6 de julio está en venta en Italia el último libro del cardenal Robert Sarah: "La fuerza del silencio", publicado por Cantagalli. Y como ha sucedido con su precedente "Dios o nada", también este libro, traducido a varios idiomas, está conquistando a numerosos lectores en todo el mundo.
Los conquista por el estilo y los contenidos que son nítidos y esenciales, centrados en las cuestiones más radicales para la Iglesia y la humanidad hodierna. Un estilo y unos contenidos que, indiscutiblemente, están lejos de lo que le gusta al Papa Francisco; pero que están muy cercanos, en cambio, a la sensibilidad de Benedicto XVI, que enriquece la edición italiana del libro, como ya hizo hace dos meses con la alemana, con un prólogo que Settimo Cielo ha publicado íntegro, en el que denuncia los riesgos de una Iglesia "en la que en lugar de la Palabra es muy frecuente hallar una verbosidad que disuelve la grandeza de la Palabra". Y esto mientras reina el Pontífice más locuaz de la historia.

En su prólogo, Joseph Ratzinger expresa gratitud al Papa Francisco por haber puesto al cardenal Sarah, "este maestro del silencio y la oración íntima", a la cabeza de la congregación para la liturgia en la Iglesia, porque "con él la liturgia está en buenas manos".

Hace pocos días, también el cardenal Sarah ha elogiado amablemente a Francisco por "el recogimiento y la piedad con los que celebra la santa misa".

Y esto a pesar del descuido que demuestra el Papa Jorge Mario Bergoglio por las cuestiones litúrgicas, por no hablar de la dureza con la que ha tratado hasta ahora al cardenal, llegando incluso a contradecirlo y humillarlo públicamente.

Cada uno tiene su estilo. El cardenal Sarah siempre ha evitado intervenir públicamente de forma explicita contra las ambigüedades -generadoras de "dubia"- de "Amoris laetitia". Pero sin callar nunca su clarísima posición al respecto.

Como puede leerse en este pasaje de su libro "La fuerza del silencio".


LA EUCARISTÍA TRANSFORMADA EN UNA BANAL VERBENA

Hoy algunos sacerdotes tratan la Eucaristía con un absoluto desprecio. Ven la Misa como un banquete locuaz en el que los cristianos fieles a la enseñanza de Jesús, los divorciados vueltos a casar, hombres y mujeres en situación de adulterio y turistas no bautizados que participan en celebraciones eucarísticas de multitudes anónimas, pueden recibir sin hacer distinciones el cuerpo y la sangre de Cristo.

La Iglesia tiene que estudiar con urgencia la oportunidad eclesial y pastoral de estas multitudinarias celebraciones eucarísticas con millares de asistentes. Existe un inmenso peligro de convertir la Eucaristía, el gran misterio de la Fe, en una vulgar verbena, y de profanar el cuerpo y la preciosa sangre de Cristo. Los sacerdotes que distribuyen las sagradas especies sin conocer a nadie y entregan el Cuerpo de Jesús a cualquiera, sin distinguir cristianos de no-cristianos, participan en la profanación del Santo Sacrificio eucarístico. Con cierta complicidad voluntaria, quienes ejercen la autoridad en la Iglesia se hacen culpables al permitir el sacrilegio y la profanación del cuerpo de Cristo en esas gigantescas y ridículas auto-celebraciones, donde son muy pocos los que se dan cuenta de que se anuncia "la muerte del Señor hasta que venga".

Algunos sacerdotes infieles a la memoria de Jesús insisten más en el aspecto festivo y en la dimensión fraterna de la misa que en el sacrificio cruento de Cristo en la Cruz. La importancia de las disposiciones interiores y la necesidad de reconciliarnos con Dios aceptando dejarnos purificar por el sacramento de la confesión ya no están de moda. Ocultamos cada vez más la advertencia de san Pablo a los corintios: "Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y mueren tantos" (1 Cor 11, 27-30).




martes, 25 de julio de 2017

Martín Lutero: mitos y realidades

María Elvira Roca / El País
Dice la leyenda que el 31 de octubre de 1517 el monje agustino Martín Lutero (1483-1546), escandalizado por el vergonzoso espectáculo que la Iglesia ofrecía e indignado por la venta de indulgencias, clavó en las puertas de la iglesia de Wittenberg las 95 tesis que desafiaban el poder de Roma. Se cumplen por tanto 500 años, y Alemania está celebrando con fasto este aniversario. Merkel y Obama homenajearon el 25 de mayo a Lutero en la puerta de Brandeburgo y por las mismas fechas se inauguró una espectacular exposición en Wittenberg. Esto, por citar sólo alguno de los eventos más destacados. Desde que acabó la II Guerra Mundial los aniversarios luteranos (nacimiento, muerte, 95 tesis, iluminación divina durante la tormenta de 1505…) apenas revestían relevancia. Pero ahora esto ha cambiado. ¿Por qué?


El gesto descrito a las puertas de la iglesia de Wittenberg es la representación mítica y ritual de lo que significó Martín Lutero para el entonces llamado Sacro Imperio Germánico. Hace mucho que se duda de que clavara sus tesis; las menciones al acto desafiante aparecen mucho después conforme se va adornando y mitificando al personaje Lutero y al cisma que trajo consigo. Pero, si non è vero, è ben trovato. Resulta mucho menos heroico mandar por correo —que es lo que con toda probabilidad sucedió— el texto de protesta al obispo de Maguncia. Así que el gesto simbólico conserva hoy toda su prosopopeya teatral pero era mucho más épico en aquel tiempo, porque el hombre del siglo XVI sabía que este era el modo en que se daban a conocer los llamados carteles de desafío, con los que un caballero insultaba públicamente a otro y le retaba a duelo. Había que responder, si no, quedaba deshonrado para siempre. Hay en la figura de Lutero un componente de heroísmo a toro pasado muy interesante para comprender su significado en la historia de Alemania y sí, no se sorprenda el lector, en la de España.

El cisma luterano es la manifestación de un problema político, y haberlo mantenido en el orbe de lo religioso enturbia completamente su comprensión. A través de él se expresa el nacionalismo germánico de la primera hora y por eso Martín Lutero es celebrado y exaltado en Alemania cada vez que a ese nacionalismo le sube la temperatura. Desde la II Guerra Mundial no se ha conmemorado de manera significativa ninguna efemérides luterana. En 1983 pasó sin pena ni gloria en la RFA el quinto centenario del nacimiento de Martín Lutero que tan festejado fue en tiempos de Bismarck. Así, por ejemplo, el 10 de noviembre de 1883, el emperador Guillermo I encabezó el desfile del cuarto centenario del nacimiento de Martín Lutero en Eisleben.

En Historia del año 1883 Emilio Castelar escribe: “Los pueblos protestantes han celebrado el cuarto centenario de Lutero con universales jubilaciones”; y también que aunque “los católicos y los protestantes de Alemania no han podido acordarse para celebrar al creyente, se han acordado para celebrar al patriota”. Pero lo más interesante es el colofón: “Nosotros, que no pertenecemos a la religión luterana ni a la raza germánica, españoles y católicos de nacimiento, podemos celebrar sin escrúpulo al que, iniciando la libertad de pensamiento y examen, ha iniciado las revoluciones modernas, a cuya virtud hemos roto nuestras cadenas de siervos y proclamado la universalidad de la justicia y del derecho”. No necesitamos por tanto ir a Wittenberg y leer los textos que comentan la espectacular exposición. Lo que allí se cuenta es exactamente lo mismo que Castelar nos dice: Lutero, el padre de la libertad religiosa en Europa; Lutero, el héroe por cuyo esfuerzo sin par este continente se libró de las tinieblas y de la esclavitud. Dice Castelar que “hemos roto nuestras cadenas”. A Lutero le debemos nada menos que “la justicia y el derecho”, porque resulta evidente que los españoles no teníamos. Qué simpático resulta esto de que los hijos de Roma desconozcan el Derecho, los pobres.

Y, claro está, si Lutero rompe cadenas es que había cadenas que romper y alguien las había puesto. Si trae la libertad de pensamiento es que tal cosa no existía, ¿y quién lo impedía? No hace falta ni nombrarlo pero está ahí, constantemente presente: el oscuro y siniestro Imperio español y católico. Para que el héroe Lutero exista tiene que haber un monstruo al que él se enfrente. Si no hay monstruo, no hay héroe. Quien visita hoy Wittenberg o cualquiera de las muchas exposiciones y celebraciones que pueden verse en Alemania, incluso si es español y católico —especialmente si es español y católico— no ve el decorado que hace posible el brillo germánico. Cuando digo católico no quiero decir creyente. La fe es irrelevante en este contexto. Nos referimos a quienes han nacido en un país de cultura católica. Porque ese relumbrón germánico ha necesitado siglo tras siglo como condición sine qua non para su exaltación que el sur mediterráneo sea oscuro y atrasado, inmoral y decadente, vago y poco fiable. Es en tiempos de Lutero cuando el adjetivo welsch —una denominación geográfica poco precisa para referirse al sur— pasó a significar latino o románico, y malvado e inmoral al mismo tiempo.

La “libertad luterana” no resiste una mirada cercana y libre de prejuicios. Comenzó provocando una guerra espantosa que se llamó la Guerra de los Campesinos y que dejó más de 100.000 muertos en los campos del Sacro Imperio. Porque los campesinos se creyeron de verdad aquellas exaltadas predicaciones en boca de Lutero y de otros que clamaban contra las riquezas acumuladas por los poderosos de la tierra con Roma como garante de tales injusticias. Esto provocó una convulsión social como no se ha conocido otra en Europa hasta la Revolución Francesa. Los príncipes alemanes, cuyo propósito era básicamente oponerse al emperador, no pensaron que alentar aquella efervescencia antisistema (Carlos V y el catolicismo) pudiera volverse contra ellos, pero tuvieron que enfrentarse a una revuelta de proporciones gigantescas. Algunos clérigos revolucionarios como Müntzer, llamado el teólogo de la revolución, se mantuvieron fieles a sus principios hasta el final y fueron ejecutados, pero Lutero decidió sobrevivir. Desde comienzos de 1525, tras la muerte de Hutten y Sickingen, los dos cabecillas revolucionarios que lo habían amparado, Lutero se pone al servicio de los príncipes alemanes y alienta la violencia brutal con que los grandes señores germánicos acabaron con estas rebeliones de campesinos: “contra las hordas asesinas y ladronas mojo mi pluma en sangre, sus integrantes deben ser estrangulados, aniquilados, apuñalados, en secreto o públicamente, como se mata a los perros rabiosos”.

Desde entonces Lutero se convierte en el gran valedor de las oligarquías señoriales, en el garante teológico de un feudalismo tardío que mantuvo a Alemania en un estado de pobreza y atraso ya superado en España y en la mayor parte del sur. El enquistamiento por la vía religiosa de estas oligarquías impidió la unificación de Alemania e hizo posible una supervivencia anómala del sistema feudal en esa parte de Europa. Casi todo el mundo sabe que el régimen de los siervos duró en Rusia hasta el siglo XIX, pero se ignora que en Alemania también, notablemente en las zonas protestantes. Uno de los primeros estados en abolir las leyes de servidumbre fue la católica Baviera en 1808, pero el proceso no culminó hasta mediados del siglo en la zona oriental. Bien. Esto por lo que respecta a Lutero como libertador social. Vamos ahora a Lutero como libertador mental.

Libertad religiosa o libre examen son dos iconos lingüísticos acuñados por Lutero que no tuvieron nunca un reflejo en la realidad, como demuestra primero la lógica y luego la historia.

Supuestamente el libre examen significa que el cristiano debe entenderse con Dios directamente a través de los textos sagrados, sin intermediarios gravosos e inmorales como “los romanos” (así llamaba Lutero al clero católico, aunque fuesen tan alemanes como él). Si esto es así, hay una consecuencia inmediata: la desaparición del clero por innecesario. La evidencia demuestra que esto jamás sucedió, porque Lutero no operó la destrucción de las iglesias, sino que creó otra. Ni Lutero dejó de ser clérigo, ni disminuyó el número de ellos en el Sacro Imperio. Simplemente se formó un nuevo cuerpo sacerdotal que también condujo al rebaño hacia donde debía ir. Solo que ahora ese cuerpo de pastores sirve únicamente al señor del territorio (y no a un papa extranjero y a un emperador aliado con el mundo welsch) que es el que le da de comer. Si le sirve bien, como hizo Lutero, vivirá bien. Vivirá incluso mejor que con los “romanos” y, así, Lutero recibió del príncipe de Sajonia, como primera prueba de gratitud, el que había sido su antiguo convento en Wittenberg. Es un muy bello palacio, donde se instaló con su nueva esposa, sus parientes y sus criados. Había nacido en el seno de una familia muy humilde y estos lujos, como monje agustino, no se los hubiera podido permitir nunca. Y no tocaremos aquí más el asunto de las críticas feroces contra los lujos del clero “romano”.

La libertad religiosa es probablemente el tótem lingüístico más afortunado de Martín Lutero. Ha sido y es ininterrumpidamente esgrimido frente a las tinieblas del catolicismo y de su nación defensora por antonomasia, España. No hace falta siquiera pensar mucho para ver a dónde va a parar la libertad luterana. Si tal cosa hubiera existido alguna vez, siquiera teóricamente, también los católicos u otras facciones protestantes hubieran tenido derecho a ella. Si el cristiano es libre para interpretar los textos sagrados, entonces, también la interpretación católica es posible y debe ser aceptada. Y debería haber sido respetada en consonancia con la “libertad religiosa” que Lutero y sus diáconos predicaban. Si la lógica humana no es una patraña desde su misma raíz, esto es así. Pero lo cierto es que el nuevo clero creó una versión del cristianismo que fue la única aceptable y todas las demás fueron proscritas y perseguidas; la católica por supuesto, pero también los anabaptistas, calvinistas, menonitas, etcétera.

Sin embargo, siglo tras siglo, Lutero se ha paseado por la historia de Europa inmune a la verdad, a los hechos y a la lógica. Puede el lector teclear en Internet en algún buscador la secuencia “Lutero libertad religiosa” y verá. Si lo hace en inglés y alemán, se quedará pasmado. Podríamos llevar este juego perverso con las palabras un poco más lejos y exasperar los argumentos históricos habitualmente aceptados. Porque aplicar la “libertad religiosa” en sentido luterano es lo que hicieron los Reyes Católicos en España, a saber, que todos los súbditos deben tener la misma religión que su señor terrenal. Este es el principio conocido como cuius regio, eius religio, y dio cobertura legal a los príncipes alemanes para obligar a las poblaciones de sus territorios a hacerse protestantes, lo quisieran o no, y no siempre con persuasivos y pacíficos sermones. Pero es evidente que los Reyes Católicos no pueden ser padres de la libertad religiosa, aunque hicieron exactamente lo mismo, porque, como dice Castelar, nosotros no somos luteranos ni pertenecemos a la raza germánica.

A estas alturas ya estará preguntándose ¿pero por qué tenían este empeño los príncipes alemanes en hacerse protestantes? Pues no es difícil tampoco de explicar, pero para eso, como señalamos más arriba, hay que salirse del terreno religioso, de la superioridad moral y de las palabras totémicas donde empeñosamente ha insistido todo el protestantismo en situar aquel sangriento conflicto. Casi una cuarta parte de los bienes raíces del Sacro Imperio cambiaron de manos, entre las confiscaciones de propiedades eclesiásticas y las de aquellos que abandonaron los territorios protestantes por negarse a acatar la conversión forzosa. Hasta la Revolución Rusa no ha habido latrocinio comparable en Occidente. Pero, claro está, no los llamamos así, porque el uno tenía una cobertura teológica y el otro una cobertura ideológica. En definitiva: una justificación moral. Esto naturalmente no se lo van a contar al visitante en la magna exposición de Wittenberg.

Lutero fue no solamente anti-latino sino furiosamente antisemita. El filósofo alemán Karl Jaspers escribió que el programa nazi está prefigurado en Martín Lutero, que dedicó a los judíos párrafos espeluznantes: “Debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas, sepultar y cubrir con basura a lo que no prendamos fuego, para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza”. El primer gran pogromo de 1938, la noche de los Cristales Rotos, fue justificado como una operación piadosa en honor de Martín Lutero, por su 450 cumpleaños. A las elecciones de 1933 concurrió Hitler con un soberbio cartel donde la imagen de Lutero y la cruz gamada aparecen juntas. Las celebraciones luteranas de los nazis fueron espectaculares. Con idéntica ferocidad alentó y justificó Lutero la quema de brujas, que dejó en Alemania no menos de 25.000 víctimas, según Henningsen. Llevamos tantos miles, millones de muertos con este asunto que es mejor no hacer cuentas.

Pero no hay de qué avergonzarse. Alemania celebra sin disimulo a Martín Lutero porque se siente bien, porque Lutero es el padre del nacionalismo alemán y de su iglesia y tiene por lo tanto… indulgencia teológica. Desde que se produjo la reunificación y vino luego el euro como mágico elixir, Alemania está en un tiempo nuevo y afronta sin sombras una hegemonía europea incontestada. Gran Bretaña ha desertado del barco de la Unión y Francia no está en condiciones de enfrentarse a la indiscutible supremacía germánica. Ni España ni Italia parecen darse mucha cuenta de cuán necesarias son para compensar esta hegemonía y andan perdidas, sin poder superar el complejo de inferioridad que asumieron hace siglos. Porque con todo esto llegamos al gran asunto que aquí se ventila: el de la superioridad moral frente al porcino mundo no protestante, en el cual vivimos y que ha sido tan absolutamente asumida que muchos de nuestros periódicos, como en tiempos de Castelar, se han sumado gozosos a la celebración luterana, tan ciegos y tan perdidos en el laberinto de su propia inferioridad hoy como hace 100 años.